jueves, 27 de octubre de 2016

Un poco de historia: de la desaparición de los gremios al nacimiento del sindicalismo. El caso de la madera

La muerte de los gremios
Necesariamente hemos de arrancar de una fecha decisiva: el 16 de diciembre de 1836, día en que tiene
lugar la definitiva disolución de los gremios en España.
Con la desaparición de los gremios es todo el orden de vida el que se viene abajo. Seis años antes se ha inventado la máquina de vapor y el telar mecánico. Hasta entonces el círculo de trabajo era un círculo estrecho, casi familiar, formado por maestros, oficiales y aprendices, donde las relaciones rebosaban entendimiento y humanidad. Se trabajaba despacio y con gusto, diríamos que recreativamente, a la sombra del taller, al pie de las catedrales, que se habían ido alzando también sin prisa. Se percibía la existencia del hombre en toda su entera y armónica dimensión.
Y de pronto irrumpe la máquina en el
escenario histórico: el taller se ensancha, hasta convertirse en fábrica; el hombre empieza a desdoblarse y a integrarse en la masa-ese concepto producto del maquinismo; la prisa empieza a devorarlo todo;
se dilata el horizonte de las ansiedades y las necesidades humanas, y acaba apareciendo con su desflecado perfil el llamado problema social, bajo cuyo signo aún discurre la era presente.
Dos épocas chocan sobre esa gran vertiente del tiempo: la que se resiste a morir y la que se debate en dolores por nacer y abrirse paso triunfalmente.

El alba del sindicalismo
La caída del viejo orden, reposado, sereno, traspasado de vocación y de buen gusto por el quehacer, significa nada menos que un cataclismo, aunque sus protagonistas no acierten a comprenderlo así; es una era
explosiva y revolucionaria la que comienza, y para el sometimiento de la misma, el mundo, en principio, carece de fórmula y canon.
La transformación del viejo taller en fábrica, operada por el advenimiento del maquinismo, deslinda brutalmente el campo del trabajo en dos bandos: de un lado, surgen los fabricantes, los empresarios, los
capitalistas, ganados por la sed de amasar millones; de otro, los trabajadores, los proletarios, que se organizan en busca de la fuerza necesaria para oponerse al poder del dinero, sin que el Estado, encastillado en su torre de la inactividad, alcance a sobreponerse a esos dos bloques en pugna para imponer entre ellos orden y respeto, en interés de la producción y de la sociedad misma, que empieza a resquebrajarse.
Y las masas trabajadoras, en el tobogán de los acontecimientos, se lanzan a la batalla en una doble dirección, por un doble objetivo: no sólo luchan frente al Estado por el reconocimiento de su existencia, de su misma razón de ser, sino también, un poco ingenuamente, contra el maquinismo que acabará triunfando sobre ellas, hasta hacer del trabajador un número y una pieza del vasto engranaje de la producción.
-Tales son-horror al maquinismo y asalto contra el Estado- los dos primeros episodios que en forma de escaramuzas anuncian la gran batalla de nuestro tiempo.
Estamos aún en lo que podríamos llamar prehistoria del sindicalismo, el cual irrumpe violentamente por esos dos boquetes y camina de un modo implacable, sin hacer apenas preguntas, a la caza del futuro.

Moisés Puente
Madera y Corcho. Boletín Informativo del Sindicato Nacional de la Madera y Corcho nº 83 (diciembre de 1953)

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